03-07-2008 08:08:20
Mi esperanza come aparte, y contra eso no hay nada que se pueda hacer hasta que definitivamente no se pueda hacer nada; y dime tú, si lo sabes, quién alimenta mi esperanza que yo no lo sé. Me cuesta entender y me hace daño verla renacer una y otra vez tan hermosa después de tantos años, de tantos daños. Dime tú quién es el maldito que le pone esos filetes de medio kilo en su comedero cuando no miro, dime de dónde sacará toda esa bollería industrial con la que se embucha, ¡Dímelo ostias! Dime cómo puede ser que engorde y engorde a pesar de todos los pesares, a pesar del cementerio de desengaños que acumulo en mi jardín, a pesar de todas las evidencias que le susurran al oído: “esfúmate imbécil...”, de tantas señales como la impelen a desvanecerse, a coger la pala del cobertizo y empezar a cavar, a cavarse, a acabarse, a adelantarme ni que sea un poquito el engorro de tener que ser yo quien la entierre, ¡Yo! ¡Encima!, después de tantas falsas ilusiones, ni a quitarme un poco de trabajo se digna, después de seguir y seguir embaucándome con sus engaños; coge la pala y cava, perra, ahórrame ni que sea el tener que salir al jardín en un día de lluvia, porque el día que te estalle el buche lloverá como siempre, y me tocará calzarme las katiuscas una vez más y embarrarme hasta los tobillos para luego embarrar mi casa mientras contemplo a través del ventanal esmerilado por tantas gotitas mi última esperanza, transformada ya en desengaño, descansar junto a las otras mil enterrada en el lodazal de desilusiones de mi jardín.
01-07-2008 08:08:30
Me he hecho sindicalista. Algunos quisieron ver en mi decisión un cierto afán de notoriead, pero lo que en verdad ocurrió es que alguien me dijo un día firma aquí y yo firmé aquí y eso fue todo. Lo cierto es que por no saber no sabía ni a qué sindicato me afiliaba. Ahora ya lo sé, me lo dijeron el otro día, “tu grupo en pleno ha dimitido. Sólo quedas tú y eres el nuevo presidente”. Sé que eran tres o cuatro letras de nada, pero ya no me acuerdo. Ayer tuve una reunión con la cúpula de la fábrica de anécdotas, no tenía ni idea de cuáles eran los temas a tratar porque mi desinterés por todas las cosas en general es grande. Sin embargo, de camino al despacho de Sven y de Aaro, cogí unos papeles que algún empleado de la fábrica de anécdotas había olvidado recoger de la impresora porque me pareció que vestían mucho enrollados como en un tubito y subí con la secretaria del comité. Aaro y Sven nos esperaban sentados, comprimiendo los labios por toda salutación. Comprimí los labios yo también y golpeé la mesa suavemente con el canutillo. Empezaron con su palabrería; estos chicos se expresan muy bien, pensé: sonrisitas por aquí, fruncimiento de ceño por allá, ahora te hipnotizo con el movimiento de mis manos, muy muy bien. Bravo. Ellos eran los mejores, eso seguro, pero el motivo de la reunión no se terminaba de entender, no quedaba claro a qué venía todo ese jabón, todas esas flores hacia su maravillosa forma de manejar la empresa. Cuando escuché lo mismo por quinta vez perdí definitivamente el interés. Empecé a fijarme en las arrugas en la frente de Sven haciendo catalejo con los papeles enrollados: tensión/reposo/tensión/reposo. En la tensión se le formaban cinco líneas perfectas, unos surcos profundos que milagrosamente desaparecían por completo al relajar el gesto, “qué piel tan elástica Sven, qué envidia”; de Aaro me llamó mucho la atención el blanco amarillo de sus ojos, si le mirabas fijo, el amarillo se salía del blanco como pintado por un niño torpe y se apoderaba lentamente de la sala: amarillo en la pintura verde, amarillo en la jarra de agua, amarillo en los surcos de la frente de Sven, amarillo, amarillo, amarillo… Hubo un momento muy amarillo en el que todos me miraron, no sé cuánto tiempo tardaría en darme cuenta, un minuto, puede que dos, era mi momento, esperaban algo de mí, que dijera alguna cosa; aparté de mi ojo izquierdo el canutillo de hojas, lo desenrollé y empecé a pasar páginas parsimoniosamente, recetas caseras: pollo al limón, pastelillos de boniato y almendra, qué ricura… estuve así un buen rato, pasando páginas haciéndome el interesante, como buscando algo, hasta que finalmente dije: “Sven, Aaro, qué más dará lo que yo diga, si total al final, con esta palabrería hipnótica que gastáis, terminaréis haciendo lo que os dé la gana como siempre. Además, hace mucha hambre ¿no? ¿por qué no lo dejamos para otro día y nos vamos a comer?”
29-06-2008 08:08:30
Tu profesionalidad desalmada me diseca lentamente el alma. Es lo que pienso, vale que no te lo voy a decir, pero te miro como insinuando “quiero que te quede muy muy claro”. Y asumo mi derrota. Hoy lo has vuelto a hacer, esta vez en la panadería, “¡Quieto!” me has gritado, y me he quedado quieto mientras sacabas tu libreta y apuntabas vete tú a saber qué cosas: que si el ángulo de mi brazo con el antebrazo, que si el brillo de la calderilla en mi mano, que si la distancia de mi mano a la mano de la panadera, que si el enarcado exacto de mis cejas, que si la abertura justa de mi boca, que si mi rictus atolondrado. Yo qué sé. “Quisiera que este momento durara para siempre” dirá la protagonista de la peli sensiblera de turno, pues ya lo ves, a veces la realidad emula la ficción cinematográfica de la manera más tonta. Juega muy a favor de este deseo el hecho de que en general sea imposible, porque una vez paralizado con tu mano a 20 centímetros de la mano de la panadera, superada la emoción inicial del momento, la cosa cambia, porque pronto llegará la incomodidad quieta, las primeras rampas, la angustiosa incertidumbre de pensar que verdaderamente el mundo te haya podido dejar congelado en tan incómoda postura para siempre. “¿Puedo moverme ya? ¿Puedo pagar la tarta de azúcar?”, he dicho con temblorosa voz de ventrílocuo, y desde el quicio de la puerta me has contestado que sí, ¿y por qué desde el quicio? Seguro que te has puesto ahí a propósito porque sabes cómo odio esa palabra, porque sabes bien cómo me saca de quicio. Hemos salido a la calle. No soporto cuando me haces esto, porque en el fondo sé y me molesta que se te escapen los detalles más importantes. Se te escapa que este cuadro, montado en la habitación de los invitados cuando me llegue la hora, con polvorientas tartas y panes de yeso en polvorientos cestos de mimbre, y aunque mi postura sea exactamente la misma y el marco se le parezca mucho, carecerá del elemento que le da sentido y fulgor: el cuerpo disecado de mi panadera favorita.
27-06-2008 08:08:20
Hay demasiado turista, demasiado maleante, demasiada gente, ¡Demasiada! ¡Pero qué agobio por favor! Pues nada, quitamos a la gente y ya. Hecho. Pero es que el ruído de los coches es insoportable. Pues fuera los coches también. Y todos estos mimos ridículos y estos caricaturistas de poca monta fuera también, todos fuera. Vale, fuera los mimos y los caricaturistas. Y el polen de los plátanos... me pican los ojos, me cuesta respirar, no puedo parar de estornudar, ¡menuda pesadilla! Tú no te preocupes, sin árboles ni nada. ¿Y con el sol del mediodía qué hacemos? me ciega y me quema la piel y los labios cosa mala. Pues el sol lo metemos bajo el agua y listo. Y cómo crispa el cacareo de la pajarería de los quioscos ¿no?, y qué cosa tan entristecedora todos esos conejitos despeluchados hacinados en jaulas de medio metro cuadrado, ¿fuera también? Fuera, claro que sí, todo fuera. Uf... ahora sí, qué gusto pasear por La Rambla como si pasearas por una carretera comarcal de los Monegros un miércoles a las tres de la madrugada.
25-06-2008 08:08:10
Teniendo en cuenta que en la anotación
Director's Cut se explicaba que para realizar cada uno de los vídeos de las personas que fallecían hacía falta una semana de trabajo, y considerando que cada segundo mueren de media dos personas y que cada semana consta de 7 días cada día de 24 horas y cada hora de 3.600 segundos, una simple multiplicación nos da como resultado que son 1.209.000 las personas que mueren en el mundo cada semana y por lo tanto 1.209.000 los vídeos que habría que montar y 1.209.000 las personas que nos harían falta para llevar a cabo tal empresa al ritmo de trabajo que en la anotación se describía. Y eso sin tener en cuenta las bajas laborales, las horas sindicales de los caraduras del sindicato, las huelgas derivadas del hecho de tener que trabajar eternamente los 7 días de la semana y el trabajo que pudiera acumularse eventualmente debido a las epidemias, guerras y catástrofes naturales varias. Hechos los cálculos oportunos no puedo por más que concluir que la anotación
Director's Cut es imposible y mentira. Por lo que se refiere a
Vayan ocupando su sitio, y basándonos en esta misma y dudosa aritmética de los dos muertos por segundo, para entender los cálculos del rumano nos haría falta resolver la siguiente ecuación de primer grado: 2 (muertos por segundo) * 3.600 (segundos por hora) * X (siendo X las horas de vida extra que corresponderían a 50€) = 100.000 (posiciones que retrocedemos en la cola). Aislada la incógnita obtenemos como resultado que X=13'8888889 horas, o sea, que el rumano no nos estaría vendiendo 12 horas más de vida sino 13 horas con 53 minutos, lo cual supone una terrible contradicción, porque, puestos a estafarnos, el rumano en ningún caso haría el redondeo a la baja sino que lo haría al alza hablando de 15 horas como poco, si no de un día o dos o, ya en una visión más realista del asunto, de dos o tres semanas. Mentira, mentira, mentira. Otra vez Imposible y mentira.
23-06-2008 08:08:00
"Acuérdate de regar las plantas" me dijo, y se fue. Antes se había preparado un sándwich de salami, me sorprendió la cotidianidad de su proceder: cogió el paquete de Bimbo del armario de la izquierda, el salami que había debajo de una bandeja de pollo dentro de la nevera, un tomate del verdulero, un cuchillo del cajón de los cubiertos, todo con una gran determinación, con un gran dominio del espacio. Su casa. Su sándwich de salami. Después cortó el tomate por la mitad encima del mármol, lo frotó con el pan, le ofreció los despojos a Leni y con una sonrisa que tocaría que fuera melancólica pero que a mí no me lo pareció, le acarició la cabeza mientras el doméstico animal atacaba frenético, ajeno al drama doméstico, los restos del tomate; abrió el envase del salami y dispuso cinco lonchas, hasta podría dibujar cómo quedaron distribuidas sobre el pan, cortó un trozo de papel Albal del soporte, envolvió el bocadillo, recogió su pequeña maleta, "Acuérdate de regar las plantas" me dijo, ella que nunca se había preocupado por ellas, y se fue. Salí al balcón justo a tiempo para verla salir por el portal y dirigirse a la plaza, la vi sentarse en un banco, desenvolver el sándwich: Coral comiéndose un sándwich en el parque, ¿y qué tendrá de distinto esta escena a todas las escenas que fueron antes? Contemplé el níspero en su tiesto -¿las plantas? Será la planta, ¿Las plantas un níspero? ¿qué plantas?-, luego otra vez a Coral, comiéndose su sándwich de salami, luego otra vez el níspero, más largamente, y otra vez a Coral, esta vez levantarse, alejarse, perderse detrás de una esquina después de tirar en una papelera el papel Albal. Coral reducida a una bolita de plata y su pequeña maleta a ruedas detrás, convertida en su nueva mascota fiel: lo último que vi de ella. Por la noche comí salami sólo, solo, solo -salami solamente, solo yo y solo el salami-, sin pan ni nada. Me acordé luego de “las plantas”; salí a regar el níspero esperando encontrar la solución a todo ese embrollo, y fue oler la tierra mojada y echarme a llorar un poquito.
21-06-2008 08:07:09
No sé cómo he llegado hasta aquí. Yo sólo iba a comprar pan. Pero en la cola hay muchos niños negros y muchos abuelos y mucho de cada cosa y de cada casa. Hasta se diría que estamos todos, porque ni hacia delante ni hacia atrás se ve el final ni que te pongas de puntillas. Qué raro. A pesar de que avanzamos muy deprisa, lo que es evidente es que si esta cola es para el pan hoy en casa no rebañaremos el plato. Se me acerca un rumano con cara de malo, me ofrece un número en la cola, debo de oler a tonto confundido, “100.000 posiciones por 50 euros" me dice, "tengo la moto aparcada aquí en la esquina”. Llevo un billete de 50 que pretendía descambiar y algo de calderilla que me llega para una barra de cuarto; 100.000 posiciones me parecen muchas posiciones, así que le digo que vale sin pensármelo demasiado: así de poco valoro el dinero y así de importante es para mí el pan para acompañar el estofado. Nos montamos en su moto, pero en vez de llevarme hacia delante reculamos durante más de 10 minutos a toda velocidad; nos bajamos de la moto y me hace hueco entre un esquimal de unos 30 y un indio de unos 40 y me exige sus 50 euros. Le preguntó entre miradas recelosas si se trata de una broma o qué, que qué se supone que he ganado yo con eso, “redondeando, 100.000 posiciones hacia atrás vienen a ser unas 12 horas más de vida”. Se aleja con mi dinero mientras seguimos avanzando muy deprisa y se va también él a ocupar su sitio en la cola de la muerte.
17-06-2008 08:07:08
El déficit de atención del conejo enano es fácilmente comprensible si consideramos lo extremadamente desarrollado de algunos de sus sentidos. Si me leen en alto cojan aire que la frase es larga y fue grande la pereza que me dio puntuarla: Que el golpeteo de las patitas de una araña contra el gres en su transitar por debajo del sofá pueda ser percibido por un conejo con la misma intensidad que nosotros percibiríamos el percutir de un martillo neumático en las obras del AVE un domingo de resaca en Sants a las 6 de la mañana nos puede dar una idea de lo que puede ser vivir permanentemente con ese ay. Es por este motivo, por la facilidad con la que se nos distrae el bicho, que para la correcta hipnosis del conejo enano nos harán falta no menos de seis personas bien entrenadas a tal efecto. Para conseguir centrar la atención del animal, uno de los hipnotizadores deberá agarrarlo con mimo por la grupa; simultáneamente, el hipnotizador número dos le acariciará la cabeza con leves movimientos circulares en el sentido de las agujas del reloj al tiempo que le susurra al oído pícaras coqueterías. El tercer hipnotizador será el encargado de hacer pinza con el índice y el pulgar entre el hocico del animal y su barbilla: encontrar la presión justa que permita limitar el permanente olfatear del conejo y evitar así que se nos distraiga por ejemplo con el olor a fritanga del bar de tapas de la esquina y a la vez conseguir que no se nos muera asfixiado, constituye una de las más bellas formas de arte de todo el proceso. Más complicada todavía es la tarea del cuarto y quinto hipnotizadores, pues es grande la sincronía que requiere su cometido: situados uno a cada lado del animal y equipados con péndulos con cadena de oro blanco y masas helicoidales de cuarzo hematoideo talladas a mano por los mejores artesanos chinos, los hipnotizadores harán balancearse los péndulos simultáneamente y a una distancia de los ojos no superior a los 26 centímetros y no inferior a los 25 de forma que el péndulo del ojo derecho y el del ojo izquierdo se balanceen en sentidos opuestos para encontrarse frente a frente sobre la vertical exacta de sus cadenas en una o tres de cada siete oscilaciones. El último de los hipnotizadores, pasados 35 minutos de precisos balanceos, y si todos los pasos se siguieron escrupulosamente y si somos tan afortunados que encima el conejo resulta que tenía un buen día, es el encargado de decir la frase: “ahora contaré hasta tres y cuando diga tres te despertarás en medio del caprabo de la esquina” o lo que sea, porque no sé yo si hay en mi barrio tantas esquinas para tantas cosas como suelo poner en ellas. Entonces el conejo, liberado ya de los seis hipnotizadores y si las medidas de la sala lo permiten, describirá unas trayectorias que muy bien se podrían interpretar como nerviosas carreras entre los distintos pasillos del supermercado a la búsqueda de la verdulería. Carreras que no podremos evitar que los más escépticos interpreten como de alivio y de desahogo después del toqueteo de tanto iluminado.
15-06-2008 08:07:07
No fui nunca demasiado bueno con los puzles, lo que mejor se me daba era montarlos a presión por la cara uniforme. Supongo que será en parte por eso que ahora hago inconscientemente lo mismo con las piezas que se van acumulando dentro de mi cabeza. Mi cerebro me viene planteando desde el día en que nací un puzle imposible de miles de millones de piezas cuyo número, para mayor dificultad, se ha ido multiplicando con los años. Entre mis piezas favoritas están la conejita Leni, los pingüinos, una tal Coral, un tal Sven, Dennis Lima, Lenisio Dimas, Nemesio Dumas y luego lo que lo complica todo, que son sus circunstancias. Hace una buena temporada que soy incapaz hasta de encontrar las esquinas y si no encuentras ni las esquinas, entonces ya sí que no hay manera humana de tirar del hilo. De modo que la frase que me dijo no sé quién no sé cuándo, la pongo en boca de no sé qué otra persona y la mezclo con la frase que aquél otro me dijo quizás alguna vez no sé dónde y ya tenemos el puzle encajado de cualquier manera y el auditorio estupefacto. El único aliciente que me queda en este bache de anotaciones torpes es seguir esperando expectante a ver si algún día se me junta una combinación brillante de pura casualidad y yo contento y Coral contenta y todos vosotros contentos y el puzle montado y encima de la mesa y la mesa inutilizada durante semanas y semanas.
13-06-2008 08:07:06
La originalidad brilla por su ausencia, y no será porque no esté oscuro aquí. En un extremo, aquello de la luz al final del túnel. De ahí lo de la originalidad. Que digo yo que no estará tan oscuro el túnel si podemos determinar que es un túnel, porque si tan oscuro estuviera muy bien podría ser un cuarto oscuro o un caprabo muy de madrugada. Podría decirse entonces que mucha gente ha visto la luz al final del cuarto oscuro o la salida de emergencia al fondo del caprabo. Serviría igual. Será por el brillo de la ausente originalidad que a través de la tradición oral se llegó a la conclusión de que se trataba de un túnel. En el extremo opuesto de la luz del túnel o lo que sea, el cinexín listo para torturarme con los grandes momentos de mi vida. ¿Tendré que darle yo mismo a la manivela? Entiendo que acercarse a la luz es lo que corresponde, así que me acerco a la luz. Un pequinés ladra. Retrocedo. Mejor no, mejor me alejo de la luz. Me alejo de la luz. Ladra un pequinés. Invertí el orden de sujeto y predicado, y es lo mismo y no es lo mismo, porque el pequinés de la luz es el pequinés del primero y el otro pequinés es otro pequinés. Pequineses a ambos lados. Bien. En mi huída hacia atrás me he estrellado contra algo, a tientas palpo lo que parece una estantería: ruido de plásticos: donetes y tigretones: la estantería de la bollería. Efectivamente no es un túnel como ya sospechaba, es un supermercado, el caprabo de la esquina seguramente. Estoy abriendo un paquete de donetes en la oscuridad cuando, súbitamente, algo me aprisiona un tobillo, temo que sea un tercer pequinés. Pero no, es la mano de Dennis Lima, mi editor. ¿Len, qué haces tú aquí? Nada, me he caído de un segundo. ¿Te has caído? Aja, ¿y tú? Yo también me he caído, me he caído de un cuarto. ¿Te has caído? Sí, ¿te extraña?, pues ya ves que somos varios aquí los que nos caímos, tampoco parece que sea algo tan raro. Ya. Me como el primer donete de un 7+2 y, mientras calculo por el bouquet la fecha de caducidad, le ofrezco otro a Den. Hasta llegar a 9 tenemos tiempo más que suficiente para ir pensando a ver qué hacemos.
11-06-2008 08:07:50
Desde la ventana de mi despacho, porque hoy me da por decir que tengo un despacho y que mi despacho tiene una ventana, veo la pared de ladrillos del patio de luces. Puedo pasarme horas recorriendo su geografía, poniendo nombre a sus accidentes: ¿veis ese ladrillo que falta por ahí? ¡es el Ojo de la Oquedad!, ¿y los tres ladrillos agrupados de un rosa más intenso? ¡conforman el Triángulo de los Patucos!; y así, inventando y olvidando nombres con fingido entusiasmo, se me escurren los días que ni me entero. Cualquier pasatiempo será mejor que la dudosa aritmética de las noticias, ese sumatorio de cadáveres al que parece reducirse todo, unas sumas de las que ni me fío ni me interesan. Porque resulta que la cifra de muertos siempre es una cifra redonda: han muerto 25.000 personas en la guerra civil de Suiza, 75.000 en el maremoto del estanque de Banyoles, ¡1.000.000 en la guerra de la Coca-cola! ¿Pero esto cómo va a ser así? ¿acaso es lo mismo que mueran 25.000 personas a que mueran 27.221? ¿qué pasa con esas 2.221 personas que faltan? ¿se acordaron de mi abuelo el miliciano? ¿era de los 25.000 o de los 2.221? Cómo saberlo. Exijo un poco de rigor, por favor, con las ganas que tuvimos todos siempre de salir en las noticias. Hace tiempo que he perdido el interés por lo que ocurre en el mundo, os habréis fijado que nunca mis reflexiones guardan relación alguna con la actualidad, vivo sumido en mi microcosmos de mentiras y fantasías tropicales y únicamente estoy al tanto de lo que ocurre en mi escalera de vecinos por algún rumor suelto que me llega a través del patio de luces.
09-06-2008 08:07:40
Esta noche, en sueños, los ronquidos de Coral le pusieron voz a Sven. Tenía su hablar un tono de monótona plegaria ciertamente taladrante, y sin embargo tardé no menos de una hora en darme cuenta del ensueño. Me ha recordado esa otra vez que me soñé jugando un partido contra Maria Sharapova y los ronquidos de Coral eran los gritos de la tenista cada vez que le pegaba a la bola. No le gané un solo punto, triple seis cero. Maldita rusa despiadada. Esta mañana me llamó Sven a su despacho y nunca antes como hoy había caído en la cuenta de lo mucho que tiene su voz de zumbido desquiciante. No sé muy bien lo que hablaba, nunca lo sé, pero hoy particularmente, porque sus frases entrecortadas me sonaban a ronquidos de mujer. Estuve tentado de preguntarle “Sven, ¿Usted ronca por las noches?” esperando que me respondiera que no, que él ronca por los días.
07-06-2008 08:07:30
Soy el que monta el vídeo de un segundo que le pasan a la gente al espicharla. Antes planchaba los billetes de los cajeros automáticos, pero si se me quemaba alguno me lo descontaban del sueldo y en las épocas que andaba torpe no llegaba a fin de mes. En realidad los vídeos los hago de dos minutos e intento contar una historia. Y lo que me cuesta..., porque no os creáis que a la gente le ocurran cosas interesantísimas, ¡Qué trabajo tan ingrato!¡Cuántas existencias deprimentes y cuán parecidas todas! Y encima luego van y me los pasan a toda hostia para que duren el segundito de rigor y entonces ya sí que no se entiende nada. La mayoría de las veces, cuando los tengo listos, pienso: “Para pasarle esto a la pobre abuelita mejor sería que no le pasaran nada”. Como tardo cosa de una semana en montar cada uno de los vídeos, una semana antes de que el protagonista fallezca me pasan su nombre en un sobre los de arriba; parece que hay por ahí alguien que sabe cosas. Los más audaces habréis deducido ya que esta semana el nombre que venía dentro del sobre era el mío. Y aquí ando, cortando y pegando mis errores y mis miserias.
05-06-2008 08:07:20
Un par de desengaños tontos me llevaron a tomar la firme determinación de saltar por la ventana. Estuve ensayando ingeniosas notas de despedida para Coral, nada que me convenciera al fin y al cabo. Me decanté por un lacónico “no me esperes a cenar”, pegué la nota a la nevera y salté por la ventana de nuestro segundo piso. El toldo de los del primero amortiguó mi caída y quedé a merced de su pequinés que siempre me tuvo muchas ganas. En un primer instante pensé que quizá me había salvado, y llevado por la euforia del momento mi reacción se me apareció como infantil y ridícula; pero enredado en los restos del toldo hecho jirones, pronto caí en la cuenta de que el infierno muy bien podía ser eso: un pequinés rabioso mordisqueándote los tobillos eternamente.
03-06-2008 08:07:10
Hay una cruz invisible marcada en el suelo de la fábrica de anécdotas: "Embaucar a las visitas desde este punto" debe poner en letra microscópica. Me encanta la suficiencia con la que habla Sven cuando vienen visitas. Me encanta su forma de ladear la cabeza, su forma de recolocarse las gafas, su manera de ponerse la mano izquierda en el bolsillo acompañada por la harmoniosa gestualidad de su mano derecha, su inglés de ESADE tampoco está nada mal. Desde mi cubículo poco más que intuyo lo que comenta, pero es tan bueno el envoltorio que estoy seguro de que da igual, Sven puede decir cualquier cosa, yo por lo menos desde la distancia se lo toleraría, "Yo soy el más grande y usted también es bastante grande a su manera, claro, un grandísimo gilipollas si me permite que se lo diga; y mire mire, mire el tinglado que tengo aquí montado" y señala desde la cruz a su ejército de soldaditos. Y luego toda la parafernalia de la manita recolocándose sus gafas al aire, el dedito en la barbilla, la corbata cayendo recta, impecable sobre su vientre liso, la sonrisita de cabrón. Todo eso.